Todo comenzó a partir de un quiebre profundo en mi vida personal y profesional. Durante años me he desempeñado en un entorno que exige control, lógica y rigor absoluto. Sin embargo, hubo un momento en el que esa estructura dejó de ser suficiente y necesité un espacio distinto para procesar, comprender y reconstruirme.
La pintura apareció entonces como un territorio inesperado. El lienzo se convirtió en un lugar donde no había estrategias, expedientes ni respuestas correctas: solo intuición, materia y silencio. Ese primer acercamiento marcó un antes y un después. No fue un pasatiempo ni una distracción, sino un verdadero punto de inflexión, un breakthrough que transformó mi manera de habitarme y de mirar el mundo.